26 de diciembre de 2008

HUÉVAR , DEL ALJARAFE, MÁS O MENOS.



Huévar, del Aljarafe, más o menos


por José Mª Arenzana. Periodista
Interesante artículo sobre nuestro pueblo, publicado en el diario ABC el día
13-12-2008


Gastaba el chaval catorce imberbes años cuando le adjudicaron un modesto premio de redacción bajo el epígrafe de «Mi pueblo, o ciudad, y su paisaje». El pueblo, cómo no, era mi pueblo; o sea, Huévar (dicen que del Aljarafe, pero añadiríamos que más o menos).
Recuerdo, vaya usted a saber por qué, la grandilocuente frase con la que el muchacho atacó el relato: «¡Oh, pueblo de Dios, pueblo infernal, jamás te creí capaz de errar en tu destino! Cada vez que te miro...» Y así todo. Quizá dramatizó en exceso y se pasó tres pueblos, pero me parece recordar que lo que barruntaba aquel chaval con impostura de profeta eran los cambios que se avecinaban. El muchacho presentía los años venideros (detenidos como lechuzas en los olivares, perfumándose aún entre los trigales verdes) y cómo afectarían no sólo al pueblo en su recoleta geografía de rincones, de huertos con alberca y de corrales con pozos de agua fresca en cuya lámina oscura y tersa se asomaba la luna en los veranos.
También, y sobre todo, el chaval rumiaba ya los cambios en el carácter de la gente, en los códigos no escritos de lo cotidiano, en los hábitos inevitables en los que se reconocían los unos a los otros, en la mansedumbre del olor a mosto en las tabernas, en la invariabilidad de los signos al cambiar las estaciones, en la mirada triste de las mulas y los burros, en el zumbido de los abejorros por la primavera, en la comunión de escopetazos por los júas, en el olor a juncia y a romero por el Corpus, en los barreños de gordales con sosa cáustica en las despensas, en los ladridos y campanas de la alta noche y hasta en la repetición de escarchas y belenes de pita y carbonilla por Navidad, cuando sonaban carrañacas y panderetas en los zaguanes, con el aroma de los hornazos y el ajonjolí de las panaderías inundando el pueblo. Era la adolescencia. Y, cómo no, el mundo, a su alrededor, se derrumbaba.
Malos presagios, sí. Y en parte se cumplieron. Desaparecieron algunas pequeñas cosas que, para él, eran importantes. Por ejemplo, el viejo edificio de las Escuelas Posadas Carvajal, con su empaque humilde de palacete colonial. Y humildes lagares. Y algunas casonas; sin mucho valor, es cierto, pero que dignificaban un poco el transcurrir del tiempo.
Y desaparecieron, eso sí, costumbres que tenían que desaparecer, porque era urgente mejorar la calidad de vida, aunque con ellas se perdieran estampas ligadas al ajetreo agrícola, con las bestias abrevando en los pilones de las fuentes y atravesando los zaguanes para llegar hasta el corral.
El sobrenombre de «Hueva York» hizo fortuna más allá de la comarca. Ahora dicen que Mercadona no está en Huévar, sino que Huévar es «lo que está» junto a Mercadona. No, no es cierto, pero es igual, porque a los hervenses nos vale (me gusta ese cultismo, no el falso y popular gentilicio de «huevero», ni tampoco el vulgar «huevereño» que sugiere la web municipal y que jamás oí decir a nadie), porque de ese nuevo estatus se desprende una mejora evidente en la calidad de los servicios que disfrutan hoy todos sus vecinos.
No hay grandes monumentos, pero sí una bella iglesia gótico-mudéjar, la de la Asunción, que guarda Vírgenes hermosas, como la de la Soledad (la mía) (...).

En el casco urbano hay tres haciendas singulares, dos de ellas con sendas vigas de madera de tamaño descomunal para prensar aceite, únicas, dignas de ser vistas y que hasta hace poco seguían funcionando de manera ritual, testimonio de la memoria: una en la Hacienda del Marqués de la Motilla; la otra, en la del Marqués de Villavilviestre, casona atípica y bellísima, con torreón cilíndrico de ladrillo al que la tribu (Barbeito dixit) siempre llamó «el Bombo». La tercera, blanca y refulgente, la de los Ramos Paúl, un clásico de arquitectura popular andaluza.
El tren ya no para en Huévar. Incluso derribaron la estación (¿a quién molestaba?). Hierven las calderetas cada 20 de enero, festividad de San Sebastián, el patrón local, mientras el tiempo se remansa en la plaza del Ayuntamiento, se tapea en El Pechi y los parroquianos matan una partida de dominó en el bar, ¡ay!, de la Peña Bética.