Mostrando entradas con la etiqueta LEYENDAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LEYENDAS. Mostrar todas las entradas

6 de mayo de 2011

EL NIÑO JESÚS DE TRIANA

Apenas han pasado unos días desde el Domingo de Resurrección y da la sensación de haber transcurrido toda una vida. Y es que el tiempo, inexorable, no se detiene y este año ha tenido el capricho de unirlo todo al final, en Mayo. Por eso, en menos de una semana, hemos pasado de capirotes al Pregón de las Fiestas de Mayo.
Pues bien, debido a las lluvias de nuestra semana grande, éste que les escribe ha pasado muchas horas delante del televisor viendo y escuchando en Giralda TV. como "no salían" un número importantísimo de cofradías en Sevilla y en toda su provincia, también en Huévar. Uno de esos días en el que sólo contaban la no salida de las cofradías, escuché una pequeña alusión a una leyenda no demasiado antigua sobre un niño Jesús de Triana. La persona que la narró la hizo muy breve pero despertó mi curiosidad y días más tarde, en un foro en internet la descubrí escrita detalladamente y he decidido subirla al Blog de la Soledad. La leyenda que figura a continuación está recogida tal cual la encontré. Espero que disfruten con ella.

La leyenda se titula “El Niño Jesús de Triana”


Sucedió en Triana (natural de Sevilla), la noche más hermosa; madrugá del Viernes Santo. La calle Ancha-pureza, como cada año, estalla de júbilo en apretada multitud, recibiendo el paso de misterio del Stmo. Cristo de las Tres Caidas. En plena apoteosis de devoción, la gente va tomando posiciones. Detrás del paso, entre la muchedumbre que lo rodea, se coloca un niño de edad incierta y aspecto montañesino; pelo ensortijado, moreno de facciones perfiladas y natural rubor en las mejillas. Camina solo, marcando los pasos del tambor y las alpargatas costaleras y pronto se sitúa a la altura del zanco trasero derecho. Comienza a disfrutar del delirio, la plena conjunción de banda y cuadrilla; el izquierdo por delante, los solos interminables de Enmanuel y Rocío, la gracia y la anarquía del andar más genuino de Triana. El niño absorbido por la emoción del ambiente, se hace notar, intimida al patero con la primera pregunta: ¿pesa mucho el paso?: “esto que va a pesá mi arma”, respuesta inmediata. Cruza el puente, relente y mareadilla del puerto camaronero, permanece en su sitio, inmune, nada puede afectarle puesto que sus manos han tocado la madera forrada del zanco y se han aferrado a ella como a un clavo ardiendo. En los refrescos de Reyes Católicos, los costaleros han reparado en él; le han preguntado que si viene sólo; se han preocupado por buscar algún pariente; le han recomendado que tenga cuidado con la bulla, han insistido en protegerlo y arroparlo casi pegado a los faldones. Saben que se llama JESUS de nombre y como costaleros de Triana generosamente, han iniciado una serie de dedicatorias al niño que viene acompañándolos desde la salida. En la Magdalena, parada el paso a la altura de la entrada principal de la Parroquia, el niño se adelanta hasta el capataz; lo mira fijamente con sus ojos radiantes de asombro: ¿puedo llamar? –le pregunta en inocente tono- Paco Ceballos queda deslumbrado por ese brillo en la mirada que se confunde con el dorado esplendente del canasto. Lo mira fijamente y no puede por menos dedicarle la mejor de sus sonrisas a la par que acaricia tiernamente su pelo. El niño lo entiende, marcha a su sitio en la trasera del paso, donde los costaleros ya comienzan a echarlo de menos: ¿Dónde esta Jesús, ha encontrado a sus padres…?... ¡Jesús, vente pacá –mi arma- que vamo a entrá en Campana y allí se forma mucha bulla! El niño se hace un hueco en la trasera, su peso y estatura se lo permiten. Va a vivir todo el esplendor de la llegada oficial a Sevilla; Jesús, casi no respira, bajo la oscuridad sonora de los faldones, siente el estado febril de un costalero más, el sudor helado de la máxima concentración y responsabilidad, el entusiasta anhelo de rayar la perfección del trabajo bien hecho en Triana.
Se confunden en sus oídos los aplausos y los solos de la blanca infantería marinera; los oles del público, las arengas y consignas de la gente de abajo. El trueno de la unánime ovación con que despide la Campana al paso cuando emboca Sierpes y los zancos se posan en el suelo, después de una nueva chicotá de ensueño. Jesús despierta de su letargo emocional, levanta los faldones, respira el aire fresco de la anchura de los Palcos, pero continua absorto pegado a la pata que ya lo considera su ahijado. .Se luce por la Avenida, corona junto a sus padrinos, la cumbre de la Estación de Penitencia bajo el silencio gótico de la Catedral. Padece las puñaladas en los pulmones que le asesta el frío de la Plaza de la Virgen. Comienza a amanecer, Jesús no había visto nunca en la calle, un crepúsculo igual que el de las luces de la aurora en el Triunfo. Olor a calentitos de plata en el postigo color de la mañana para abrir el estómago. ¡Jesús, esto no ha hecho más que empezar, le gritan los costaleros!...”esta chicotá va por ti –mi arma”. Todos lo celebran por unanimidad. Esplendor en el baratillo. En la calle Pastor y Landero, el niño va cogido de la mano del patero, marcando el compás con sus menudos pies. El sol lo recibe en el puente y brilla el lucero como Estrella de la mañana en San Jacinto. El niño aguanta la muchedumbre en Santa Ana, protegido por todos, ya forma parte de la cuadrilla, todos tomaron debida nota de él, desde el hombre de la caña hasta el de la escalera, pasando por contraguías, diputados y auxiliares, tanto fue así, que cuando el paso enfiló de nuevo la calle Ancha-Pureza, Paco Ceballo, reclamó su presencia, lo llevó de su mano hasta el frontal, tocó el llamador con enjundia y se hizo el silencio: “Niñooo, esta levantá vá por el niño Jesús…que ha salio con nosotro y vá entrá con nuestro Cristo, aquí a mi vera…lo quiero vé volá…¡oido, que él toca el martillo..tos poriguá, valiente…al cielo Triana…a esta é!. En plena efervescencia de emociones, entre abrazos y besos plagados de lágrimas en los ojos, cuando todo acabó y el paso reposaba en el lugar que ocupa dentro de la Capilla, alguien confundido aún por los parabienes, gritó su nombre: ¡Jesús!... ¿donde está el niño?... ¿alguien ha visto a Jesús?...la cuadrilla entera salió a su encuentro…pero ni rastro de Jesús.
Recuerdo, que una representación de la cuadrilla del Smo. Cristo de las Tres Caídas, acudió al programa El Llamador, para dar cuenta de esta historia y aprovechar los micrófonos para recabar información a cerca de su paradero. Quizás la historia no fuera así, como la he recreado, al pie de la letra, pero yo creí en ella, como creo en ese Niño Jesús…que –porqué no- bajó a Sevilla en la noche más hermosa, para acompañar a los costaleros de Triana

16 de marzo de 2011

RECORDANDO LA HISTORIA: EL INCENDIO EN SAN JULIÁN.


El incendio de la parroquia de San Julián
La madrugada del viernes 8 de Abril de 1932, concretamente entre la una y las dos de la madrugada comenzó un voraz incendio que destruiría por completo el patrimonio mueble del templo parroquial del señor San Julián y dejó el inmueble seriamente dañado, desapareciendo sus techos y artesonados, quedando tan solo los muros y pilares.
Poco después de las doce de la madrugada un grupo de turistas acompañados por vecinos de Sevilla estuvieron visitando la plaza de San Julián y su entorno, concretamente la cruz de forja del antiguo cementerio de la parroquia, que se encontraba en la pared de las dependencias de la Sala Capitular de la Hermandad y de la casa del sacristán de la parroquia, que son anexas al templo. Comentaron estos turistas la poca seguridad y abandono en que se encontraba esta artística cruz, además de advertir la escasa iluminación de los alrededores del templo con farolas apagadas. Cerca de la una de la madrugada abandonaron la zona sin apreciar nada extraño. Este testimonio se reafirma con el que dio un vecino del barrio que vivía en una casa frente a la iglesia y que llegó a su casa acompañado de su esposa poco después de las doce de la noche, sin haber visto nada anormal, salvo las luces de las farolas del templo que estaban apagadas, cosa que le extrañó porque nunca estaban así. Se dispuso a cenar en una habitación cuya ventana da a las puertas del templo y poco después de la una se vio sorprendido por el incendio. La primera persona que advierte el fuego es el joven Teodoro García Moreno, que venía andando por la calle Duque Cornejo y al salir a la plaza de San Julián ve las llamas, ante lo cual comienza a dar voces de auxilio, golpea en la puerta de la casa número 10 de la Plaza de Moravia, desde donde se avisa telefónicamente al servicio de bomberos y finalmente acude al puesto de la Guardia Civil en la Macarena, al frente del cual estaba el sargento José Rebollo. Antes de las dos de la madrugada se encontraba todo el dispositivo de seguridad desplegado, así la Guardia Civil se encarga de contener a los vecinos y curiosos y los bomberos que llegaron con una gran celeridad, tirando abajo la puerta principal y la de la plaza de Moravia para intentar aplacar la fuerza de las llamas. A la llegada del cuerpo de bomberos al lugar del siniestro se encontró con que las bocas de riego más cercanas a la iglesia, se encontraban obstruidas con piedras, por lo que en un principio tuvieron que utilizar unas que estaban más alejadas.
  El sacristán se despertó violentamente tras oír la llamada de la campanilla, pensando en un principio que era alguien que necesitaba recibir los sacramentos, aunque pronto se da cuenta de la catástrofe que se produce en el templo, disponiéndose primeramente a salvar a su esposa y tres hijos, que dormían profundamente y llevándolos apresuradamente al Asilo de San Cayetano. Regresó a la iglesia intentando entrar pero ya en estos primeros momentos del fuego era imposible por su voracidad y gran cantidad de humo, por lo que va a la sacristía y se dedica a salvar los vasos sagrados y ornamentos de culto, llevándolos a San Cayetano. Las voces de los vecinos despiertan y advierten sobre el suceso al señor cura párroco, don Ismael Delgado Rasco, que vivía en la calle Juzgado, 5. A la llegada al templo, el párroco se dispuso a salvar el archivo parroquial y el manto de la Virgen de la Hiniesta, que se guardaban en la Sala de la Sacramental, encima de la sacristía.
Según todos los primeros indicios el fuego comenzó por la puerta de la iglesia que daba a la plaza de Moravia, debido al mal estado en que se encontraba, aunque muy pronto se pudieron apreciar que ardían todos los altares y poco después de las dos de la madrugada el techo empezaba a desplomarse. Pasadas las cinco y media de la madrugada y debido a que se empezó a controlar una parte del incendio, el padre Sebastián de Ubrique, guardián del convento de Capuchinos, que había acudido a San Julián levantado por el revuelo que había en todo el barrio, consiguió con la ayuda de unos bomberos salvar las sagradas formas que se encontraban en el sagrario de la capilla sacramental, así como la imagen de la Inmaculada Concepción que presidía dicha capilla. A las siete de la mañana el fuego quedó muy reducido debido a que la techumbre había caído casi en su totalidad y tan sólo quedaban pequeños focos que se fueron apagando en las horas sucesivas, aunque hay constancia que hacia las diez y media de la mañana todavía existían zonas con fuego.
Como hemos referido anteriormente la Hermandad perdió la mayor parte de su patrimonio, así fueron pasto de las llamas las imágenes titulares, la Virgen de la Hiniesta dolorosa, la imagen gloriosa y el Santísimo Cristo de la Buena Muerte que remataba el magnífico altar mayor de San Julián. Estas dos últimas imágenes eran propiedad del marqués de la Granja. Se llevaron al patio del cercano convento de San Cayetano los restos carbonizados de las imágenes y allí fueron examinadas por los miembros de la Junta de Gobierno. Por lo que respecta a los pasos, se perdieron las dos parihuelas, el techo de palio y el canasto del paso de Cristo, así como algunas insignias, y enseres de culto interno como alfombras, candeleros, jarras y dalmáticas. De la iglesia no se salvó ningún altar, todos quedaron destruidos y tan sólo se pudo rescatar el archivo parroquial, algunos ornamentos de culto y algunas lámparas de plata del altar mayor que no estaban colocadas. También se salvó de la destrucción la pila bautismal y las vidrieras de los tres ventanales circulares de la fachada principal. Los enseres que la Hermandad guardaba en la Sala de la Sacramental pudieron recuperarse y restaurarse, así las bambalinas, el manto, algunas insignias, como el senatus, las bocinas, etc, los respiraderos del palio y sus faldones y los respiraderos del paso de Cristo quedaron a salvo. La única imagen que se pudo recuperar de la iglesia, como se citó anteriormente, fue la Inmaculada Concepción que presidía la capilla sacramental. La Hermandad por otra parte tenía un seguro de accidentes, aunque el mismo cubría un porcentaje muy pequeño del patrimonio, estando exentas las imágenes titulares.












22 de noviembre de 2010

LEYENDA DE LA CALLE DEL HOMBRE DE PIEDRA.

LEYENDA DE LA CALLE DEL HOMBRE DE PIEDRA

En el barrio de San Lorenzo, y pasando desde la calle de Santa Clara a la de Jesús del Gran Poder,discurre una calleja larga y estrecha que se llama Calle Hombre de Piedra, porque en ella, y empotrada en una hornacina a nivel de la acera, puede verse una estatua de piedra, de borrosos relives, que lleva allí varios siglos.

La calle se llamó desde el siglo XIII hasta el XV Calle del Buen Rostro, pero en época del rey Don Juan II cambió su nombre al aparecer la estatua del hombre de piedra, junto con la leyenda de su milagroso y dramático origen.
Para entender la leyenda es preciso que antes nos traslademos a la Plaza del Salvador; en la esquina de la calle Villagas, donde encontraremos colocada en el esquina del muro de la iglesia una crus de gran tamaño.

La Cruz de la Culebra por el antiguo nombre de la calle. Esta Cruz pertenacía al cementerio parroquial del Salvador que estuvo situada en medio de la Plaza del mismo nombre, siendo ordenada retirar a mediados del siglo XVIII por el asistente Olavide, como tantas cruces que estorbaban, según las autoridades, al paso de peatones, carruajes y caballería, en Sevilla que pasaron a empotrarse en las fachadas de las calles e iglesias, donde se encuentra en la actualidad.
Esta Cruz de cementario suele confundirse con la Cruz de los Polaineros, que se encuentra en la Iglasia del Salvador en el Patio de los Naranjos.
Pues bien: debajo de la Cruz de la Culebra hay una lápida, escrita en caracteres y ortografía antiguos, que dice:



EL REY DON JUAN, LEY 11
El rey i toda persona que
topare el Santísimo Sacramento
se apee, aunque sea en el lado
so pena de 600 maravedises
de aquel tiempo, según la loable
costumbre desta ciudad
o que pierda la cabalgadura
y si fuere moro de catorce años arriba que hinque las rodillas
o que pierda todo lo que llevare vestido...


Por esta lápida, colocada en la iglesia del Salvador, vemos la devoción que existía en Sevilla, de ponerse de rodillas en el suelo cuando pasase el Santísimo Sacramento, aunque hubiera lodo por haber llovido; piadosa costumbre de la que no se libraba ni siquiera el rey ni los más altos caballeros, so pena de perder el caballo y pagar seisientos maravedises de multa; y el que no tuviera caballo ni bienes ,perder la ropa que llevase puesta.

Vista así, la reverencia con que se miraba al Santísimo Sacramento en tiempos pasado, volvamos a la barriada de San Lorenzo, en cuya calle Buen Rostro, ( que como hemos dicho, era como se llamaba antes la calle Hombre de Piedra), había una taberna, allá por los años del siglo XV.

Y sucedió que se encontraba en la taberna varios compadres, bebiendo vino, cuando se oyó venir por la dirección de la parroquia de San Lorenzo, el tintineo de una campanilla acompañada de un susurro de voces que rezaban.

Se asomaron los compadres a la puerta de la taberna, y vieron aparecer en el comienzo de la calle, un reducido grupo de personas con velas y faroles, que iban acompañando al cura párroco, el cual llavaba en las manos y apretada contra su pecho, la cajita del Viático en la que llevaba la Hostia para dar la última comunión a un enfermo.

Al ver aproximarse la comitiva, los compadres de la taberna aunque eran gentes poco religiosas, más dado al vino y al juego que a la piedad, interrumpieron sus conversaciones y se aprestaron a arrodillarse un instante mientras pasaba el Sacramento. Pero uno de ellos, llamado Mateo el Rubio, que se tenía por valiente y era el matón del barrio, haciendo alarde de incredulidad para demostrar su temple ente los otros, dijo en voz alta:
-Ea, hatajo de gallinas, que os arrodilláis como mujeres. Ahora veréis un hombre tener... . Y no me arrodillaré, sino que me quedaré de pie para siempre.

Y en efecto permaneció allí para siempre, pues un trueno ensordecedor estalló sobre la calle, y sobre el impío cayó un rallo que lo convirtió en piedra, y le metió de pie hasta las rodillas en el suelo.

Y allí está todavía el cuerpo petrificado del pecador blasfemo, que se atrevió a desafiar a Dios.
Por este ejemplar escarmiento, la calle Buen Rostro se llama desde entonces Hombre de Piedra, donde aún puede verse al testimonio de aquel terrible suceso.

Nota.- Menos literaria y maravillosa pero más real, es la interpretación arquoelógica de la estatua del hombre de piedra. Al parecer se trata de una estatua romana, que presidió las termas que hubo en ese lugar, y que durante la época árabe aún seguía existiendo, lo que dio nombre a unos célebres baños moros, que se llamaron " los baños de la Estatua ", y que ha sobrevivido a las diversas reformas que ha sufrido durante dos mil años el edificio en cuya fachada aún está empotrada.

24 de agosto de 2009

EL CUERPO INCORRUPTO DE SAN FERNANDO

El pasado sábado, 22 de Agosto, se abrió la Urna que contiene el cuerpo incorrupto de San Fernando tal y como suele hacerse varias veces al año y en ocasiones especiales. Fue de 8 a10 de la mañana y muchísimas personas acudieron al evento.
La Urna de San Fernando se encuentra en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla, justo en la parte inferior del Altar de la Virgen de los Reyes.

La Urna está realizada en plata y es obra de Juan Laureano de Pina quien la hizo entre 1690 y 1701.













2 de julio de 2009

LEYENDA DE LA MACARENA




LEYENDA DE LA MACARENA


Como sabéis, la Esperanza Macarena es la imagen más conocida de Sevilla a nivel universal. Uno de los misterios más escondidos del arte sevillano es precisamente el nombre de su autor. Tradicionalmente se creía que la hizo la Roldana (Luisa Roldán de Mena), pero estudios recientes han desmentido esta teoría. Se han ofrecido nombres como Juan de Mesa o Francisco Ruiz Gijón, incluso se ha dicho que la hizo un ángel.

Pero la leyenda de la Macarena se refiere a un suceso que ocurrió a poco de fundarse la hermandad, mediante el cual la cofradía no pudo procesionar hasta el Hospital de las Cinco Llagas. Según la leyenda un viajero que iba a embarcarse hacia las Indias cayó enfermo antes de subirse al barco y lo llevaron al Hospital de las Cinco Llagas, hoy sede del parlamento andaluz. No se pudo hacer nada por su vida y murió sin haber hecho testamento. Al cabo de un año nadie reclamó el cadáver y el hospital decidió quedarse con lo que llevaba. Abrieron su maleta y allí encontraron la mascarilla y las manos de una Virgen bellísima.
A pesar de la belleza de la imagen, las monjas que se hicieron cargo de ella no encontraron un altar donde colocar a la Virgen debido a la falta de espacio que había en la capilla, así que la guardaron en lugar seguro.
Unos años antes, a finales del siglo XVI, se fundaba una hermandad en el antiguo convento de San Basilio (de ahí se cree que se originó el nombre Macarena, pero de eso hablaremos otro día). Hoy está desaparecido, pero estaba en la calle Relator. Esta hermandad sólo tenía un crucificado que procesionaba en Semana Santa. Con el paso de los años decidieron adquirir una Virgen, a la que darían la advocación de la Esperanza.

Ya de vuelta en el hospital, la leyenda cuenta que a mediados del XVII necesitaban un reloj con campanas para los servicios religiosos. Providencialmente, la hermandad de la calle Relator tenía un reloj que les había donado un devoto, pero no lo utilizaban porque se servían del que tenían los monjes del convento de San Basilio. Entonces propusieron cambiar la Virgen por el reloj.
Pero no fue tan fácil: el administrador del hospital no quería perder del todo la imagen, por lo que exigió que no constase como permuta definitiva, sino como cesión temporal sine die. La hermandad podía anular el acuerdo cuando quisiera, pero no así el hospital. Los hermanos añadieron que en ese caso no haría falta ninguna firma, sino que bastaría con que la imagen entrara en los terrenos del hospital para que perdieran la titularidad sobre ella.
Este contrato se cumplió escrupulosamente cuando años después el administrador quiso deshacer el contrato, pero los hermanos se negaron: solo si la Virgen entraba en el hospital la perderían.
Años después la hermandad se estableció en la iglesia de San Gil, donde estaría casi 300 años. En una ocasión un Viernes Santo la techumbre de la iglesia se hundió cuando la hermandad estaba en medio de la procesión, de forma que cuando regresaron no pudieron entrar en el templo. Los cofrades pensaron que lo mejor sería entrar en el hospital de las Cinco Llagas para resguardar a las imágenes, y allí se dirigieron. Pero cuando estuvieron a punto de llegar a la cruz que marcaba el terreno del hospital un anciano empezó a dar voces advirtiendo a los cofrades de que no entraran allí. Le hicieron caso y el anciano contó al hermano mayor que si entraban ahí perderían a la Virgen inmediatamente. Al preguntarle cómo sabía eso, respondió que 80 años atrás él había sido aprendiz de relojero y había ayudado a colocar el reloj en el hospital a cambio del préstamo de la Virgen.
Por si acaso, los hermanos decidieron llevar las imágenes a la iglesia de San Hermenegildo, en la Puerta de Córdoba. Según la leyenda, durante la historia esta escena se ha repetido varias veces. En todas ellas ha sido la gente del barrio de la Macarena la que se ha negado a que la Virgen entrara.
Si esta leyenda fuera cierta, hoy habría prescrito, pues en los años sesenta como ocasión de las misiones (las mismas que originaron la leyenda del Gran Poder), la Virgen entró en el hospital a visitar a los enfermos. A la salida no le pusieron problemas, por lo que hoy sigue en la Basílica, bien protegida.

23 de junio de 2009

LEYENDA DEL CACHORRO

La leyenda del Cachorro


Estoy completamente seguro de que todos ustedes conocen la leyenda del Cachorro de Triana. Más o menos todos hemos oído hablar de lo siguiente:

“Vivió en Triana un gitano, de los llamados castellanos nuevos, apodado "Cachorro", quien atravesando cada día el hoy desaparecido puente de barcas, junto al castillo de San Jorge, llegaba a Sevilla. Un payo residente en la ciudad vino a sospechar de este hombre, pensando que su visita no era por otro motivo que el de cometer adulterio con su propia esposa. Los celos llegaron a tales extremos que, cierto día, sabedor de la visita cierta del gitano a la venta Vela, lo esperó oculto. No hizo más que llegar, ajeno a la suerte que iba a correr, mientras sacaba agua del pozo que junto a la referida venta existía, le fue asestada siete puñaladas que le ocasionaron la muerte.
Se asegura que el escultor de la imagen del Cristo de la Expiración estuvo presente en el suceso y que tuvo oportunidad de presenciar la agonía del gitano Cachorro. Captó con la mirada el rostro de aquel moribundo en el instante de su muerte e hizo suya la expresión terrible que plasmó con toda naturalidad en la obra que en esos días estaba realizando.”

Ésta es la parte de la leyenda que todo el mundo conoce pero la ficción vino a completarse con la investigación llevada a cabo por la justicia en la que al fin se conoció la verdad.

“En efecto el gitano Cachorro visitaba cada día a una mujer, aunque resultó que esta dama era en realidad su propia hermana bastarda. El gitano, en el intento de mantener el secreto por temor a perjudicarla, dado su origen, había sido descubierto y acusado de aquellas erróneas intenciones.”

Hasta aquí, es la parte de la leyenda que se conoce con mayor o menor número de detalles. Pero la leyenda cofradiera de Sevilla va más allá y así se cuenta que el verdadero Cristo del Cachorro es el que se encuentra en el Panteón del cementerio San Fernando de Sevilla. Concretamente este panteón es en el que se encuentran los restos de Don Aníbal González y Álvarez de Ossorio, arquitecto y autor de la Plaza de España de Sevilla con motivo de la Exposición Universal de 1929. En esta tumba hay una réplica muy bien conseguida de la Imagen del Cachorro que se encuentra algo deteriorada debido, fundamentalmente, a la humedad y a los años. Pues bien, la leyenda dice que esta Imagen del cementerio es la original que se quemó en 1973 y por ello el deterioro que presenta. Mientras que la Imagen que procesiona es una que tenía el escultor en su casa con cierta antigüedad.
Buscando en internet, encontré la fotografía del Panteón de Aníbal González y, naturalmente, la fotografía de la Imagen del Cachorro que se encuentra en su interior.
Evidentemente, todo esto no es más que una leyenda pero……………..




Panteón de Don Anibal González en el cementerio sevillano de San Fernando



Imagen del Cachorro en el interior del Panteón de Don Anibal González.








Grabado que recoge la muerte del Gitano apodado "Cachorro".


11 de mayo de 2009

LEYENDA DEL GRAN PODER DE SEVILLA.


Cuenta la historia, porque más que leyenda es una historia real al tener personajes con nombres y apellidos, que había un hombre en Sevilla, exfutbolista el, llamado Juan Araujo, quien siendo una persona feliz al colgar sus botas sufrió un inesperado percance, algo que cambiaría su vida de raíz.


Como decimos, la vida de Juan Araujo cambió radicalmente al enfermar su hijo, una grave enfermedad que hacía dificil hallar el remedio por parte de los médicos en los que depositaba su confianza. Este hombre, muy creyente él y confeso devoto del Señor del Gran Poder acudía muchas tardes a San Lorenzo para pedir por la mejoría de su bien más preciado.


Pero la vida le golpeó mucho más fuerte de lo que el lo hizo al balón en sus tiempos de jugador y su hijo no pudo superar la enfermedad.


En un ataque de rabia se encaró con el Gran Poder y le dijo algo así como: “que sepas que ya no vengo más a verte porque no has querido salvar a mi hijo. Así que si quieres verme, vas a tener que ir tú a mi casa...”


Sepan ustedes que el Señor del Gran Poder es tan grande que no se olvida de ninguno de nosotros, y así fue, pasaron varios años y se celebró en Sevilla una Santa Misión (en el año 1965) en la que las imágenes de Semana Santa fueron llevadas a los barrios de cara a promover la devoción.


Se conoce que llevaron al Señor de Sevilla en andas hacia el popular barrio de Nervión cuando la noche se abrió en agua. De manera apresurada los hermanos que portaban las andas del Señor buscaron refugio para que la imagen no sufriera ningún daño y vieron la puerta de un garaje... era el garaje de Juan Araujo quien quedó perplejo ante la situación nada más abrir la puerta: El Gran Poder había cumplido el desafío y tal y como este hombre le pidió, fue a su casa a verlo, y la emoción le hizo derrumbarse a los pies del Señor que todo lo puede.